Mentiras Eternas

Mentiras Eternas

ATENCIÓN: Éste es un relato basado en las sesiones jugadas por nuestro grupo hasta ahora a Mentiras Eternas, módulo para el juego El Rastro de Cthulhu, centrado en la experiencia personal de mi personaje. En caso de querer jugar a dicho módulo en otra ocasión, no sigas leyendo: spoilers asegurados. De lo contrario, feliz lectura.

 

 


 

 

Coyoacan, Ciudad de México, México. 5 de octubre del año de NS de 1935


A la atención del coronel Sawyer.

 

Apreciado amigo:

 

Disculpe mi prolongada ausencia desde mi última visita. Como probablemente ya haya apinado, el motivo reside en la investigación de la que le hablé extensamente durante nuestra última charla. En estos momentos me hallo en la capital de nuestro vecino sureño, a pocas horas de embarcar en un vuelo hacia la península de Yucatán. No puedo avanzarle aun una fecha de regreso, o siquiera que éste vaya a producirse. Dios quiera que sí.

 

Adjunto a esta misiva un paquete. Le ruego encarecidamente que no lo abra y lo conserve a salvo de cualquier mirada indiscreta, hasta que yo mismo pueda venir a recogerlo o pasen al menos tres meses sin que reciba noticias mías. De producirse el segundo supósito, debo suplicarle, y créame que lamento sobremanera tener que pedirle tal sacrificio, que lea el contenido del relato que se encuentra dentro del paquete y use su influencia y contactos para hacer llegar su contenido a quien crea oportuno.

 

No vea ni manipule el resto de los contenidos del paquete bajo ninguna premisa, pues no deseo que alguien tan estimado para mí como es usted cargue con las terribles consecuencias que suponen el hacerlo. Ojalá pudiera simplemente destruír el contenido dentro del envoltorio, y si los hados son propicios quizá algún día pueda encargarme de ello. Pero si fallo, otras personas deberán tomar el testigo de mi tarea y para ello necesitarán emplear el material que le adjunto.

 

Téngame en sus plegarias.

 

Atentamente,

 

Lawrence Dusk

 

 


 

4 de octubre, año de NS de 1935

 

Mi nombre es Lawrence Dusk. Sargento retirado, veterano con honores de la batalla de Verdún, orgulloso soldado americano participante en la Gran Guerra. Mi hoja de servicio y méritos pueden hallarse en los registros oficiales del ejército para más señas y confirmación de mi identidad.

 

Escribo estas líneas por necesidad, y también por miedo. Hace apenas unas horas que he logrado controlar los temblores en mis manos lo suficiente como para poder poner sobre papel las vivencias de mi último mes, y sólo Dios sabe cuánto más me queda en este purgatorio. Redacto estas palabras porque podrían ser mi testamento, y no puedo irme sin advertir al mundo del horror que se avecina.
Lo que inició como un simple encargo para limpiar el buen nombre de uno de mis buenos amigos en vida se ha convertido en una pesadilla de la que no hay despertar, y si yo y mis compañeros de fatigas no logramos llevar a cabo nuestro objetivo una droga de la que no hay cura podría extenderse por todo el mundo, y eso sólo sería el principio de algo mucho más terrible…

 

Éste es el principal motivo por el que plasmo este relato en estas líneas, y lo adjuntaré con pruebas irrefutables de que mis vivencias no son sólo fruto de los desvaríos de un demente. Insto encarecidamente a cualquiera que esté leyendo esto que, de no tratarse de alguien mentalmente preparado para afrontar algo que va mucho más allá de cualquiera de los horrores y miserias naturales que pueblan nuestro mundo, detenga aquí su lectura y bajo ningún concepto observe, manipule o ingiera las fotografías, esbozos y pruebas físicas que acompañan a estas hojas. Incluso a aquellos psicológicamente preparados, advierto: NO tome el néctar del vial. NO reproduzca el disco.
Todo empezó a inicios de otoño del presente año, cuando recibí una llamada de Janet Winston-Rogers, la hija de mi fallecido y bienamado amigo el doctor Walter Winston, quien me ayudó encarecidamente a dejar atrás los fantasmas heredados de mi paso por la Gran Guerra. Sé que estoy obrando en contra de la voluntad de la señorita Winston-Rogers y que estoy faltando a mi palabra de no mentar el apellido de su familia en este asunto, pero me veo impelido a romperla en aras de la extrema gravedad de este asunto, que requiere que todos los agentes participantes sean mentados y, de llegar el caso, cuidadosamente investigados.

 

La señorita Winston-Rogers reunió en Nueva York a un grupo selecto de personas, entre las que me cuento, para pedirnos investigar un capítulo oscuro de la vida de su difunto padre con el fin de, si se diera el caso, limpiar su nombre y el de la familia de cualquier rumor malicioso relacionado con dicho período. Dicho grupo estaba formado, además de por mí, por Robin Teslu, un estudiante recién licenciado; Enrique Brown, mi psicólogo de cabecera y una eminencia en el trato de desórdenes emocionales; Will Miller, un hombre sombrío del que posteriormente supe que realizaba trabajos para ciertas familias mafiosas; Velma O’hara, una joven y guapa enfermera de ascendencia irlandesa; y finalmente un vagabundo desaseado y licencioso de nombre Bojack. Desconozco su apellido, quizá incluso él mismo lo haya olvidado.

 

La comitiva era variopinta, pero sin duda reunía todas las habilidades que pudieran ser necesarias para una investigación de tal calibre, así que, financiados por la señorita Winston-Rogers y su fortuna familiar, partimos en avión privado hacia Savannah, nuestra primera parada en este viaje. Allí se encontraba un centro de salud mental en donde se hallaba ingresado el único hombre aun vivo del grupo que sabíamos que acompañó al doctor Winston en ese capítulo oscuro de su vida.

 

Fue allí donde las cosas empezaron ya a torcerse, y con dichas cosas me refiero a la propia realidad que hasta entonces creía conocer. En el manicomio estaban ingresados dos sujetos de interés: Douglas Henslowe, el compañero del doctor Winston, y Edgar Job, un joven taciturno que había tratado de asesinar a Henslowe en el pasado. Pese a ello el doctor Keaton, responsable del centro y aficionado a prácticas de dudosa legalidad, solía juntarlos en lo que él llamaba una “terapia de confrontación” experimental con la que probablemente perseguía más su reconocimiento profesional que la curación de sus pacientes.

 

De ambos, entrevistados por separado, pudimos escuchar dos versiones opuestas de una misma historia: la de un grupo de aspirantes a héroe (el grupo del doctor Winston) que habían estado investigando los movimientos y quehaceres de una secta en el estado de California, cerca de Los Ángeles, y que finalmente la habían emprendido a tiros en una granja contra el grueso de dicha secta mientras éstos realizaban una fiesta bacanal en honor a la criatura que adoraban. El resultado fue trágico por ambas partes, ya que tanto cultistas como pistoleros acabaron en su mayor parte masacrados y muy pocos lograron salvarse entre ambos bandos. Del grupo de pistoleros, de media docena de integrantes, sólo sobrevivieron el doctor Winston y Douglas Henslowe, y el joven Edgar Job parecía ser el único miembro de la secta que se había salvado de la carnicería.

 

Ambos supervivientes hablaron, en sendas entrevistas mantenidas, de algo extraño y antinatural, más allá de las armas que uno u otro grupo pudiera manejar. Algo que se encontraba en el interior de la granja y que fue el responsable de la mayoría de las muertes, en contra de mi impresión de por aquel entonces de que el fuego cruzado debía haber sido el culpable. Mi escepticismo no pudiera haber sido mayor de no ser por dos factores: el primero, la mención de una especie de runas de protección por parte de Edgar Job, símbolos arcanos antiguos, cuya descripción me recordó enormemente a algo que ya había visto en un episodio pasado de mi vida: en medio del asedio a Verdún. Según Job dichas runas habían sido las responsables de que el día de la carnicería de la granja no muriese él también, ya que el líder del culto, un hispano llamado Ramón Echavarría, se las había transmitido y activado mediante un “conjuro”. Desde entonces, dibujaba repetidamente dichas runas para seguir protegiéndose.

 

El segundo factor con el que tuvo que lidiar mi escepticismo entonces fue la mención de unas “bocas”, algo que pudiera perfectamente haber pasado por los desvaríos de un loco si no fuera porque ambos entrevistados, Job y Henslowe, mantuvieron por separado el mismo relato sobre dichas, y otros pacientes del manicomio parecían estar obsesionándose también con aquello. Incluso el propio Will Miller, mi compañero gangster, refirió un suceso perturbador ocurrido a él mismo dentro del centro con el garabato de una boca que parecía cobrar vida propia. Por aquel entonces lo desestimé, creyendo aun que en el mundo todo tenía su orden y sentido. Me equivoqué.

 

Henslowe nos facilitó la siguiente parada en nuestra investigación: su vieja casa familiar, donde había guardado algunas pruebas que afirmaba ayudarían a convencernos de que lo que contaba no eran desvaríos. Visitamos el rancho, donde aún vivían su anciana madre y un criado fiel, y recibimos permiso de ésta para hurgar en la propiedad. Que Dios perdone nuestra osadía, pues para encontrar todos los objetos que Henslowe había ocultado dentro del perímetro de sus terrenos tuvimos incluso que llegar a cavar en el interior del cementerio familiar. Y lo que allí encontramos resultó condena y penitencia suficientes para ésa y cualquier otra blasfemia que yo o cualquiera de mis amigos pudiéramos haber cometido en vida. Nuestro mundo empezó a desdibujarse en el momento que abrimos la caja enterrada profundamente en el camposanto. No referiré aquí más detalles de lo hallado, en aras de la cordura del lector. Sólo señalaré que los objetos del paquete marcados con las etiquetas uno y dos forman parte del lote hallado en el cementerio familiar de los Henslowe. No separar, bajo ningún concepto, el uno del otro más de medio minuto.

 

Con una profunda turbación y cierta sensación de irrealidad, volvimos a Nueva York para informar a la señorita Winston-Rogers de nuestras pesquisas y atender a nuestros quehaceres mundanos mientras preparábamos nuestra siguiente expedición, esta vez a California: estaba claro que para llegar al fondo del asunto debíamos acudir al lugar donde la masacre había tenido lugar e investigar los nombres de los dos sectarios que Edgar Job (un simple estudiante universitario con ganas de juerga cuando tuvieron lugar los hechos, no un miembro cultista avanzado) nos había podido referir: el hombre que le introdujo en las fiestas, su profesor de historia religiosa George Ayers; y el líder del culto Ramón Echavarría.

 

 


 

 

Una semana después, y ya en California, pude reclutar (sólo el buen Dios sabe cuánto me arrepiento de esto, aunque intento no dejarlo entrever a mis compañeros) a mi sobrina Kraka Dusk (había tomado el apellido de su madre, Sorrow, desde que ambas se habían alejado del resto de la familia y se habían mudado a la costa oeste a vivir) para que nos hiciera de guía y ayudante en la concurrida y soleada Los Ángeles, con lo que pasó a formar parte del grupo.

 

Nuestras primeras pesquisas nos llevaron a tratar de encontrar la caja fuerte que abría uno de los objetos encontrados en la finca Henslowe: una llave de seguridad perteneciente a un banco local. Tras más trabajo y tiempo del esperado debido a que el banco había quebrado, logramos encontrar la caja fuerte en el banco nacional y al abrirla descubrimos numerosas fotos de contenido explícito y sórdido que depictaban distintas orgías realizadas en una lujosa mansión.

 

La pista del profesor Ayers resultó fría aunque fructífera: su universidad sólo pudo indicarnos que se hallaba en paradero desconocido más o menos desde la fecha en la que ocurrió el ataque a la granja de los sectarios, hacía ya diez años, tras irse de expedición al África. No obstante, algunos documentos que el profesor dejó atrás parecían señalar que éste creía que Echavarría mentía a sus feligreses, y un autógrafo personal de la famosa actriz Olivia Clarendon nos llevó a citarnos con ésta (para mi regocijo personal, pues debo reconocer que admiro sus dotes interpretativas) y la bella muchacha nos reafirmó algunas suposiciones que teníamos de la secta, además de aportarnos un nombre que pronto iba a tomar mucha importancia en nuestra investigación: Samson Trammel. En relación al profesor Ayers, por desgracia, ni siquiera pudimos llegar a verificar que partiera del país en realidad, pero creemos que no se encontraba en la fiesta de la masacre y que por lo tanto no fue una de las víctimas de ésta.

 

Quien sí pereció allí fue el líder de la secta, Ramón Echavarría, junto con el grueso de sus acólitos. De haber sido realmente así podríamos haber dado carpetazo a la investigación y volver con el informe a Nueva York de que el asunto estaba totalmente zanjado, pero por desgracia también descubrimos y empezamos a seguir el rastro de un tipo de droga dura (una especie de néctar) que sabíamos que habían usado los acólitos sectarios de por aquél entonces y que parecía haber resurgido en toda la zona de California durante los últimos años. Si la droga usada por la secta años atrás estaba volviendo a circular por las calles, eso podía significar que algún grupúsculo de sectarios se habían salvado del ataque a la granja y estaban volviendo a activarse ahora.

 

Los efectos del néctar eran muy potentes, e inducían a los que lo tomaban a perder el control de sus mentes y a tratar de fornicar como posesos con cualquier cosa, algo grotesco. Resultaba, al parecer, tremendamente adictivo: nadie que tomara parecía tener la suficiente fuerza de voluntad como para no resistirse a conseguir otra dosis. Logramos hacernos con un vial de la droga, pero no sólo nuestros intentos por investigarla y destilar sus componentes resultaron infructíferos y peligrosos, si no que además el más cabezón de nuestros miembros (el ya antes mencionado gánster Will Miller) acabó volviéndose adicto al mejunje.

 

Durante nuestras pesquisas por California en varios momentos nos sentimos vigilados y seguidos, y gracias a nuestro ingenio conseguimos dar la vuelta a las tornas y cazar a nuestro cazador: se trataba de un investigador privado local, que tenía información variada acerca de nuestros movimientos. El encargo lo había recibido del que para entonces ya estábamos cercando y sospechando de ser el líder de los distribuidores de droga: el magnate Samson Trammel. Apretando las tuercas tanto al detective como a uno de sus contables, logramos hacernos con la dirección de Trammel y con la información acerca de una fiesta selecta que montaría en su mansión y que en realidad se trataba de una tapadera para organizar otro ritual de la secta, que lejos de desaparecer ahora estaba más activa que nunca. Parecía haber extendido su ámbito de actuación a otras partes del mundo: México, Malta, Bangkok,… El detective nos advirtió, asimismo, de la existencia de otra variante del néctar que provocaba una furia incontrolable en quién la tomase, llevando al desdichado a querer pelearse hasta la muerte sin preocuparse por la seguridad propia.

 

Convencidos de que ir a las autoridades con toda esa información iba a resultar no sólo inútil, si no contraproducente y peligroso para nosotros, ya que habíamos descubierto que el poder y el dinero de Trammel habían inclinado totalmente el poder de la autoridad hacia su lado, decidimos asaltar la mansión Trammel durante la celebración de la fiesta para evitar la realización del ritual. Los contactos de mi sobrina (que, al igual que yo, se había decantado por hacer carrera en el ejército, y había tomado la magnífica decisión de unirse al grupo de artificieros y especializarse en explosivos) y de Will (mucho más oscuros y censurables, pero igual de útiles en esta ocasión) nos permitieron hacernos con un fuerte arsenal que incluía metralletas y granadas. Nos preparamos concienzudamente para el ataque, y lo que al principio había resultado una investigación acerca de un grupo de pistoleros que se habían tomado diez años atrás la ley por su propia mano acabó convirtiéndose, irónicamente, en una repetición del mismo patrón por nuestra parte.

 

El asalto a la mansión, que iniciamos con sigilo con objeto de encontrar más pistas acerca de las otras ramas de la secta y de la producción del néctar, acabó siendo brutal y sangriento. Logramos recabar numerosas pistas acerca de los otros enclaves sectarios y quitamos la vida a numerosos guardias y sectarios que, en los sótanos de la mansión, parecían estar reproduciendo el ritual de diez años atrás. No lamento ni una de las vidas que quité esa noche, ni creo que lo lamenten tampoco ninguno de mis compañeros, ya que hablar de humanidad para referirse a esos seres forniciosos y enloquecidos, totalmente inconscientes de lo que su locura estaba invocando (pues nadie con un mínimo atisbo de razón puede desear conscientemente atraer a ESO que había en el sótano) es menoscabar totalmente el significado al que tal término aduce. No había ni un rastro de humanidad entre los cuerpos contorsionados y las mentes enloquecidas de los orgiásticos que estaban abriendo una puerta o portal, en medio de la nada, a… no, no es algo que pueda describir con término o palabra alguna. Al menos, no con ninguna que haya salido de una lengua humana. En ese sótano, muchos comprendimos que el buen Dios no es el creador de todo el universo. Porque ningún Dios que haya tenido a bien dotarnos de raciocinio puede haber creado, al mismo tiempo, el horror que se estaba manifestando en ese oscuro sótano. Sólo una palabra se repite en mi mente desde que presencié tal calamidad, y al igual que muchos otros antes de mí no he sido capaz de sacármela de la cabeza desde entonces.

 

Bocas.

 

No diré más acerca de ello. Nadie requiere… no, nadie se merece ser castigado con tal conocimiento. Mi compañero Will, quien entró en el sótano conmigo y con mi pobre sobrina, perdió la razón y salió corriendo, fuera de sí, de la estancia nada más ver eso, retorciéndose entre los inconscientes orgiásticos y regurgitando de sus protuberancias, las llamaré lenguas a falta de otra palabra, algo que todos reconocimos nada menos que como el néctar, la droga que se estaba extendiendo por toda California. Mi sobrina salió detrás de Will, y aún no sé qué poder anímico me permitió tener la suficiente consciencia de ánimo para hacer algo más que darme media vuelta y salir corriendo y, en vez de eso, pedirle a mi sobrina que me arrojara todas las granadas que traía consigo y quitarles la espoleta para a continuación arrojarlas dentro del sótano, cerrarlo y salir corriendo de ese maldito lugar.

 

La explosión destruyó parte de la mansión, y probablemente causó la muerte de todos los locos infelices que se hallaban en esa sala. Quiero pensar que también afectó a la cosa. Deseo que así fuera. Pero no nos quedamos a averiguar nada más: salimos corriendo de allí abriendo fuego contra cualquiera que tratase de obstaculizar nuestra huída, y no paramos hasta que subimos a nuestros coches de huída y conducimos hasta prácticamente fuera de la ciudad, ocultos en un callejón sombrío.

 

Volvimos al aeropuerto, sabedores de que podíamos convertirnos en objetivos de los supervivientes de la secta en esa zona del país, e incluso de las autoridades, tras lo que habíamos realizado esta noche. Subimos al avión privado y partimos de inmediato, llevándonos también a mi sobrina. La había metido en un lío del que ya no la podía sacar, pero ni siquiera recuerdo haberle dado mucha importancia en aquel momento. Absurdamente, casi ni siquiera le dí mayor importancia a la bomba que logré descubrir activa en la parte trasera del avión, y que Will logró desactivar cuando avisé de su presencia. Mi propia sobrina, experta en explosivos, estaba tan ausente que ni siquiera se percató de la existencia de la bomba hasta que ya había sido desactivada, pese a que creo recordar que se lo llegué a comentar directamente. Y no se lo puedo recriminar: ella, yo… todos nosotros, creo, estábamos sumidos en una especie de ensimismamiento, o negación. No puedo hablar por mis compañeros, pero esa noche algo cambió en mí. Poco es lo que recuerdo del vuelo de vuelta a Nueva York, excepto mis propios y oscuros pensamientos. La realización de que un mundo en el que siempre había creído se desvanecía, y entre los jirones desgarrados de la realidad sólo asomaban…

 

Bocas.

 

 


 

 

Anochece. Va acercándose la hora de ir a dormir, y con ella el temblor en mi mano se acrecenta. Mis sueños ya no son reparadores; en ellos aguardan de nuevo las visiones, el revivir de la pesadilla de Los Ángeles, y también la de México…

 

Me estoy avanzando. Debo dormir, mañana embarcamos hacia Yucatán y necesito estar reposado para la siguiente parte del viaje. Quizá la última, no sé. Intentaré ser breve y concluír este relato para poder enviarlo antes de partir, pues puede ser la última ocasión que tenga de comunicarme y dejar mis experiencias por escrito.

 

Tras volver de Los Ángeles, todo había cambiado. Traté de hacer vida normal, de olvidar, sin éxito alguno. La suerte de mi viejo amigo Winston, que en paz descanse, y su historia ya se habían esclarecido. Pero el mundo estaba roto para nosotros, no había vuelta atrás: sabíamos lo que moraba más allá de la razón humana, y sabíamos también que en otras partes del mundo había más gente tratando de atraerlos a nuestra realidad. Sólo habíamos acabado con un brazo de la secta, quedaban más…

 

Volvimos a reunirnos dos semanas después. Algunos de mis compañeros, pobres locos, habían estado leyendo y estudiando los demenciales textos y manuscritos que habíamos sustraído a la secta durante nuestra investigación, y habían logrado descubrir, a costa (estoy seguro de ello) de parte de su estabilidad mental y de su raciocinio, varios aspectos clave del culto y, como ya mencioné antes en este relato, el emplazamiento de sus actividades. A estas alturas todos sabíamos que ninguno era capaz de olvidar el asunto, y acordamos seguir empleando los recursos de la señorita Winston-Rogers para tratar de encontrar los otros focos de la secta y destruírlos.

 

Viajamos a México y nos instalamos en el céntrico hotel de la capital donde en estos momentos estoy redactando estas líneas. Nuestros vaivenes y pesquisas nos sirvieron para descubrir que la rama del culto que operaba aquí estaba experimentando con otro tipo de herramienta alucinógena… no quiero llamarlo encantamiento, pero esa palabra es la que mejor lo describe. Hablo del ítem etiquetado con el 5 en el paquete. No lo reproduzcáis, a menos que quien vaya a oírlo haya sido atado o inmovilizado de alguna forma. Sí, es exactamente lo que parece: un vinilo. Pues el nuevo método del que hablo se propaga a través del sonido. No tengo respuestas: ni cómo, ni porqué. Sólo hechos.

 

Seguimos la pista por toda Ciudad de México a Leticia De La Luz, una cantante mayormente desconocida autora de dos discos, y a un hombre cuyo nombre se repetía una y otra vez por todos los sitios y de labios de todas las personas que habían coincidido con ella: Jonathan Brooks. No tardamos en descubrir que ambos parecían ser amantes y que Brooks era la cabeza de la célula de la secta que operaba en México. Su correspondencia con Trammel, el líder de Los Ángeles, acabó de despejar todas las dudas que nos quedaban sobre sus propósitos: llevaban tiempo investigando con la “bendición”, en sus propias palabras, que la cantante había recibido de la criatura que estos locos reverencian. Parecía ser capaz de modular el tono de su voz para conseguir efectos enajenantes (debo volver a utilizar el término encantamiento) en quienes escuchaban su canto. Una de las canciones era capaz de provocar un ansia irrefrenable por consumir el néctar, mientras que con otra pude observar como dos viejos amigos empezaban a pelearse repentinamente y sin razón hasta matarse el uno al otro. Dicho suceso me recordaba demasiado a las palabras del detective privado de Los Ángeles, su mención a esa otra variante del néctar que provocaba furia homicida.

 

Casi todos los sitios y personas donde la pareja compuso su diabólica música acabaron mal. El almacén de la productora quemado, el dueño y un trabajador de la discográfica asesinados,… incluso cuando entramos a la fuerza a su apartamento casi acabamos devorados por un grupo de cuervos de Satanás (cuervos y bocas… no quiero hablar de ello. Nosotros nos zafamos, pero el portero del edificio y un grupo de policías no corrieron la misma suerte. Descansen en paz, no merecieron tal final). Brooks parecía estar tomándose muchas molestias para no dejar rastro de sus andaduras. Pero algo estaba yendo mal con sus planes, o eso deducimos gracias a nuestra investigación: parecía que estaba perdiendo el control de la propia Leticia. Por otro lado, descubrimos también la intención de una parte del culto de iniciar una invocación en la región de Yucatán. Pero aunque el tiempo se nos estaba echando encima, antes de viajar hasta allí decidimos seguir una última pista para localizar el paradero de los desaparecidos Brooks y De La Luz, y esta vez dimos en el clavo.

 

Siguiendo la pista de la banda de música con la que grabaron el disco, logramos localizar el paradero del lugar donde se hicieron las grabaciones: un caserío en una región rural camino a Moctezuma. Fuimos hasta allí tras reclutar la ayuda de un policía mexicano que, al igual que nosotros, se hallaba investigando este caso y que en estos momentos de seguro debe estar deseando poder olvidar todo lo que aconteció.

 

El caserío se usaba aun como almacén de néctar, con lo que tuvimos bastantes problemas con nuestro compañero Will, que perdió el control en el peor de los momentos, y aun seguía vigilado por miembros de la secta, algo que no supimos ver hasta encontrarnos en el sótano del edificio con la primera partida de sectarios dispuestos a acribillarnos a balas.

 

Lo que ellos no esperaban, por otro lado, es que yo me hubiera traído la Thompson y el amigo policía una tremenda escopeta. El encuentro a punto estuvo de ser fatídico para el grupo entero, pero los hados nos sonrieron una vez más en la refriega y pudimos contener hasta dos oleadas de cultistas sin tener que lamentar ninguna baja, poco menos que un milagro… y algo más que eso al mismo tiempo.
Debo omitir los métodos mediante los cuales mi bienamado doctor Brown logró protegerme, así como a sí mismo y al resto del grupo, del mismo modo que he omitido conscientemente la forma en que logramos salir con vida de alguna de las anteriores situaciones durante nuestra investigación en México, pues hay conocimientos que incluso con todo lo que estoy revelando en este escrito ahora mismo quizá sea más conveniente que queden en la sombra. Hablé con el doctor Brown y también con Robin Teslu (el joven licenciado) esta misma tarde respecto a este tema, y ambos coincidieron en recomendarme discreción por ahora sobre este asunto.

 

No quedaba otra cosa que terminar de explorar los pasillos que había bajo tierra y rezar para que no hubiera más sectarios esperando afuera para emboscarnos al salir. La mayor parte del grupo, debido a las refriegas anteriores, estaba en un estado tal que ni siquiera podían moverse, así que tomando una decisión arriesgada conscientes de que trabajábamos a contrarreloj, yo y el policía fuimos los únicos en internarnos por los pasillos que quedaban por explorar.

 

Las galerías subterráneas parecían mucho más antiguas que el resto de la construcción, y el tallado y ciertos grabados en las paredes me recordaban más a lo que esperaría encontrar en un viejo templo precolombino de los que habían por la región que al subterráneo de una choza. Yo y el policía avanzamos por ellos por pocos minutos, y finalmente encontramos en una estancia cerrada lo que habíamos venido buscando y que ya no confiábamos en encontrar: a la mismísima Leticia de La Luz.

 

El motivo por el que parecía haberse esfumado de la tierra junto a Jonathan Brooks, y por el que se encontraba confinada en este subterráneo sin siquiera una fuente de iluminación, se halla en el último de los objetos que he adjuntado en el paquete. Se trata de una fotografía, que tuve la osadía de tomar luego de perforar con todas las balas que restaban en mi Thompson decenas de veces el cuerpo de la… “persona” que una vez había sido conocida como Leticia de La Luz. Es el documento etiquetado con el número 7. He puesto gran cuidado en doblar la fotografía y pegar los bordes por dentro de forma que no pueda abrirse ni ser vista por nadie que no haga un esfuerzo consciente para desdoblarla y ver la imagen. A menos que sea usted alguien que ha decidido investigar el caso en el supósito de mi desaparición y crea estar preparado para afrontar el Horror, déjela como está. Comprenderá porqué vacié mi cargador, pese a estar ahí abajo sólo con ella. Porqué el policía que me acompañaba perdió la cordura y se alejó gritando hasta caer inconsciente. Y, créame… lo lamento por usted. Por lo demás, no añadiré más detalles acerca de mi encuentro con Leticia De La Luz, salvo que destruí el cadáver junto con todas las piezas sin terminar que había esparcidas por la estancia.

 

Por desgracia, éste no era el único ni el peor horror que aguardaba en las profundidades de aquel lugar mil veces maldito. Pues en lo más profundo del complejo yo y el doctor Brown (el sustituto del ahora inconsciente policía, que se ofreció a acompañarme para terminar de investigar el último pasillo del complejo pese a que tuvo que hacerlo renqueando y en muy mal estado por sus heridas) nos esperaba el peor de los hallazgos.

 

Bocas.

 

No diré más al respecto. No puedo hacerlo. Salimos corriendo de allí, no podíamos hacer otra cosa. Tratamos de acabar con eso con granadas, conseguidas de nuevo gracias a nuestros expertos en explosiones. Nada ocurrió. En nada le… lo afectó. ¿Qué iba a ocurrir cuando algo material se cruza con algo imposible? Volvimos hasta donde esperaban el resto del grupo, en la entrada del sótano, y maltrechos como estaban, inconscientes algunos incluso, los obligamos a salir de ahí tan rápido como pudimos. Sólo podíamos huir, porque sólo se puede huir, y quizá ni tan siquiera eso. Sólo esperar, hasta que

 

Salimos afuera. Y mi temor de que allí nos esperase una emboscada se cumplió. Media docena de pistoleros nos encañonaban desde varios ángulos.

 

No me pudo importar menos. Ya no estaba ahí abajo.

 

Una necesidad de reír, de empezar a soltar carcajadas por lo absurdo y sinsentido que me parecía todo en ese momento, subió por mi garganta y a punto estuvo de hacerme estallar, lo que probablemente hubiera significado acabar como un colador. Pero me contuve en el último momento y, con una voz fría y desapasionada que casi no reconocí como mía, les dije en perfecto inglés que ya me daba igual, que nada importaba. Que Leticia estaba muerta y que eso era lo único importante.

 

Fue entonces que uno de los pistoleros, el único que pareció entender mis palabras, soltó de repente su pistola y, con una expresión de furia contrayéndole el rostro, se lanzó a mi cuello para acabar conmigo de la forma más antigua y primitiva que existe. El resto de pistoleros observaron atónitos al que parecía ser su jefe, y entonces Will (ya finalmente recuperado de la exposición al néctar) comprendió quién me estaba atacando y le dijo a Jonathan Brooks que ya no había nada que hacer, al tiempo que traducía al español (era uno de los miembros del grupo que comprendía y dominaba esa lengua) lo que yo había dicho y les decía al resto de pistoleros que ya llegaban tarde para salvar a quien habían venido a proteger. Resultó que no eran cultistas si no meros sicarios y que una vez vieron que su jefe había perdido los papeles decidieron retirarse satisfechos de haber cobrado una parte por adelantado. Will a continuación noqueó a Brooks, que seguía forcejeando conmigo, y nos lo llevamos inconsciente para interrogarlo en el hotel.

 

Nos contó información valiosa, mucha de la cual ya intuíamos y teníamos. También nos facilitó nombres y detalles importantes, como los líderes de otros brazos del culto o la traición del doctor Ayers (el profesor de historia religiosa de la universidad de Los Ángeles) hacia Echavarría y su huída a África. Este interrogatorio que relato ha tenido lugar esta misma tarde, y sólo añadiré como colofón a mi relato que Jonathan Brooks ya no se encuentra entre los vivos y que el sótano donde se encontraban los restos destrozados de Leticia y Eso ha sido dinamitado y cegado para impedir el acceso. También he enterrado todas las existencias de néctar en un punto que omitiré de un bosque cercano y se lo he dicho a Will, para que no se vea tentado de volver a por ellas. No le he contado que he salvado unas muestras y que se las he dado al joven Robin Teslu para que las guarde.

 

Nuestro próximo destino es Yucatán. Dios decidirá si vuelve a protegernos con su bendición una vez más en nuestros esfuerzos para destruír la secta. Pero siento un peso muy grande en mi corazón, y tengo la sensación de que muy pronto la secta no será nuestro peor enemigo, si no nuestra propia mente. Al Altísimo le pido fuerzas para enfrentar la mayor de las pruebas imaginables, y a Él me encomiendo.

 

Si alguien está leyendo estas líneas, significa que no lo he conseguido. Por eso, como legado y último esfuerzo para oponerme a la secta, dejo aquí escrito el siguiente listado con los que, sospechamos, puedan ser los líderes de otros brazos del culto y su posible emplazamiento:

 

Terrateniente de Mérida donde se halla el templo – Yucatán: Francisco De La Vega.
Jefe de expedición Mérida – Yucatán: (nombre desconocido) Domínguez.
Contacto de la secta – Bangkok: Daniel Lowman.
Jefe del brazo de la secta – Bangkok: S. S. Savitree.
Jefe del brazo de la secta – Malta: Montgomery Donovan.

 

Así como también un extraño nombre que Jonathan Brooks no dejó de repetir antes de su muerte:

 

Nyarlathotep.